Durante años, el mapa de la minería de Bitcoin se ha dibujado con tres gigantes: Estados Unidos, Rusia y China. La supremacía estadounidense se mantiene indiscutible, pero la batalla por la medalla de plata está viviendo un vuelco histórico.
La combinación de costes operativos asfixiantes, un entorno regulatorio cada vez más hostil y la resiliencia inesperada de la minería clandestina china apunta a un escenario impensable hace solo dos años: Rusia podría perder su posición como segunda potencia minera mundial en favor de una China que, técnicamente, sigue prohibiendo esta actividad.
Las cifras más recientes dibujan un empate técnico cargado de tensión. La brecha que separaba a ambas naciones se ha reducido a un margen ínfimo, y las proyecciones para este mismo año indican que el sorpasso no solo es posible, sino cada vez más probable.
Estamos ante un cambio de era en la geopolítica del hashrate, donde chocan dos modelos antagónicos: el intervencionismo estatal ruso frente a la adaptabilidad subterránea china.
El estrechamiento de la brecha: cuando los números hablan
Para entender la magnitud del vuelco basta con observar la evolución de la tasa de hashrate —la potencia de cálculo dedicada a asegurar la red Bitcoin— en el último trimestre. Estados Unidos lidera con comodidad, acaparando en torno al 37.5 % del total mundial, equivalente a unos 400 exahashes por segundo (EH/s), una cifra que se mantiene estable. El duelo está en los peldaños inferiores.
En el cuarto trimestre de 2025, Rusia ostentaba un 15.5 % de la cuota global con 160 EH/s, mientras China se situaba en el 14.1 % con 145 EH/s. Apenas unos meses después, a inicios de 2026, el panorama ha mutado.
La cuota rusa se estima en un rango del 13 % al 17 %, pero su potencia de cálculo se ha estancado en torno a los 175 EH/s, lo que en la práctica significa un crecimiento nulo. China, aunque volátil, ha demostrado una capacidad de recuperación asombrosa, y la diferencia entre ambos países ha llegado a situarse en apenas 4.7 puntos porcentuales. En términos absolutos, hablamos de una distancia que podría evaporarse en cuestión de semanas si se dan las condiciones adecuadas.
Este acercamiento no se debe solo a un hipotético despegue chino, sino a una tormenta perfecta que está minando los cimientos de la industria minera rusa.
La tormenta perfecta en Rusia: costes prohibitivos, rublo fuerte y drones de vigilancia
Rusia legalizó la minería de criptomonedas a finales de 2024, un movimiento que en su momento se interpretó como un espaldarazo al sector. Sin embargo, la realidad posterior ha sido muy distinta. La normativa ha venido acompañada de una batería de restricciones que han convertido el sueño minero en una pesadilla para miles de operadores.
El primer gran obstáculo es el coste de la electricidad, que representa el gasto operativo más importante para cualquier minero. Mientras la media global para la minería rentable se sitúa entre 0.03 y 0.04 dólares por kilovatio-hora (kWh), en Rusia el precio de la red ha superado la barrera de los 0.06 $/kWh en muchas regiones.
A este incremento se suma un segundo factor macroeconómico que erosiona la rentabilidad: la fortaleza del rublo. Los mineros rusos pagan sus gastos locales en rublos, mientras que sus ingresos se generan en bitcoin. Un rublo fuerte implica que cada Bitcoin extraído se traduce en menos moneda local para cubrir nóminas, alquileres y facturas, exprimiendo unos márgenes ya de por sí ajustados.

Pero el golpe más duro ha llegado desde el propio Kremlin. A pesar de la legalización, el gobierno ha impuesto prohibiciones de minería estacionales e incluso anuales en al menos diez regiones, con vigencia hasta 2031. Zonas emblemáticas por su energía barata, como Irkutsk, se han visto directamente afectadas.
Las autoridades calculan que estas medidas apuntan a un universo de hasta 50.000 mineros, y la vigilancia ha alcanzado niveles insólitos: se están utilizando drones para detectar granjas ilegales desde el aire y se han llevado a cabo redadas en instalaciones que operaban al amparo de la antigua permisividad.
El resultado inmediato es un éxodo de mineros hacia jurisdicciones más amigables, como Kazajistán o incluso ciertas regiones de Oriente Medio. Quienes se quedan a menudo operan con hardware obsoleto y menos eficiente, lo que reduce aún más su competitividad. La combinación de todos estos factores ha provocado que la potencia de cálculo rusa, que en su día crecía a doble dígito, esté hoy técnicamente estancada.
China, el dragón que nunca se rindió
Al otro lado de la balanza, China encarna la paradoja de una industria que prospera en las sombras. El gigante asiático mantiene una prohibición oficial de la minería de criptomonedas desde 2021, una decisión que en su momento vació provincias enteras y desplazó por primera vez el centro de gravedad del hashrate hacia Estados Unidos. Pero, lejos de desaparecer, la minería china se ha transformado en un tejido clandestino notablemente resiliente.
Varios factores estructurales explican esta supervivencia. En primer lugar, la existencia de excedentes energéticos en provincias como Xinjiang, donde se produce más electricidad de la que puede exportarse. Esa energía, que de otro modo se desperdiciaría, se convierte en un recurso prácticamente gratuito para mineros que consigan operar de forma discreta.

En segundo lugar, la sobreinversión en centros de datos que se produjo durante los años del boom tecnológico ha dejado una infraestructura vacante que ahora se recicla para alojar máquinas de minería lejos de las miradas oficiales.
Además, hay indicios de un giro pragmático por parte de Pekín. Aunque la prohibición formal sigue en pie, la promoción de Hong Kong como centro de criptoactivos ha creado una atmósfera más permisiva que se filtra hacia el continente. Un dato revelador es que las ventas nacionales de equipos de minería fabricados por empresas chinas se han disparado en los últimos trimestres—una señal inequívoca de que la actividad sobre el terreno no solo se mantiene, sino que se está expandiendo.
Por supuesto, la minería clandestina china no es inmune a las sacudidas. En el primer trimestre de 2026, una campaña de cumplimiento normativo en Xinjiang desconectó alrededor de 1.3 gigavatios de capacidad, lo que supuso una pérdida de unos 20 EH/s y un descenso puntual de la cuota china hasta el 11.7 %.
No obstante, organismos como la Agencia Internacional de la Energía señalan que esta volatilidad, lejos de demostrar debilidad, confirma la persistencia de una operativa subterránea que se adapta a cada nuevo golpe regulatorio. Tras cada represión, la red china se reconfigura, migra a otras provincias o reduce su exposición, pero rara vez se apaga por completo.
El duelo de modelos: intervencionismo frente a adaptabilidad
El inminente sorpasso no es solo una cuestión de números, sino un choque entre dos concepciones del papel del Estado. Rusia ha optado por un control férreo que, en teoría, buscaba ordenar el sector y proteger su red eléctrica, pero que en la práctica está expulsando a los operadores. La prohibición de minar en regiones que durante años concentraron la actividad ha roto el ecosistema sin ofrecer alternativas viables.
Mientras tanto, los mineros rusos cargan con la losa de costes energéticos al alza y un mercado de divisas que juega en su contra. La legalidad formal, en este caso, se ha convertido en una trampa burocrática.
China, en cambio, juega con las cartas de la ambigüedad. Su prohibición oficial le permite al Estado desmarcarse de los riesgos financieros y energéticos asociados a las criptomonedas, pero al mismo tiempo tolera —o al menos no persigue con suficiente contundencia— un entramado minero que aprovecha los resquicios del sistema.
Este modelo otorga a los mineros chinos una flexibilidad de la que carecen sus homólogos rusos: pueden moverse hacia donde esté la energía barata, reubicar equipos con rapidez y, sobre todo, no tienen que cargar con el peso de una regulación pensada para restringir, no para fomentar.

El resultado es una ironía histórica. La minería china, declarada ilegal, podría desbancar a la de una Rusia que la legalizó con la intención de convertirse en líder mundial. Las previsiones para lo que queda de 2026 sugieren que, si las tendencias actuales se mantienen, China está bien posicionada para arrebatar formalmente el segundo puesto.
Incluso si el sorpasso no se refleja de inmediato en las estadísticas oficiales (dada la naturaleza opaca de las operaciones chinas), el poder de cómputo real bajo bandera china muy probablemente ya supere al ruso en los momentos de menor presión regulatoria.
Un nuevo orden en la minería mundial
El duelo ruso-chino por el segundo escalón del podio minero es mucho más que una curiosidad estadística. Refleja las tensiones de una industria que se ha convertido en un activo geopolítico de primer orden, donde los estados compiten por atraer —o expulsar— una actividad que consume enormes cantidades de energía y mueve miles de millones de dólares.
Rusia tiene ante sí un desafío mayúsculo: si no revierte el encarecimiento energético, replantea sus restricciones geográficas y ofrece un horizonte de estabilidad a los operadores, su cuota de mercado podría desinflarse a favor de una China que, incluso bajo prohibición, ha demostrado una asombrosa capacidad de supervivencia.
La paradoja está servida: la minería legal se apaga, mientras la clandestina prospera. En la gran carrera global del bitcoin, el dragón podría estar a punto de recuperar la posición que nunca llegó a abandonar del todo.





